JOAN PIRIS FRIGOLA,
En mayo de 2024, el papa Francisco convocó el Jubileo de la Esperanza, con el objetivo de recordar, en el año 2025, que Jesús vino a salvarnos. Una buena oportunidad para hacer balance de nuestras existencias, porque la esperanza es una fuerza transformadora capaz de cambiar la forma en que nos situamos en la vida, buscando alternativas, abriendo nuevos horizontes incluso en circunstancias adversas, compartiendo con otros y apoyándonos mutuamente. Verdaderamente, también la autosugestión influye en la forma en que hacemos frente a la vida, y puede favorecer positivamente la toma de decisiones. Sin embargo, no deja de ser un proceso psicológico mediante el cual una persona se influye a sí misma a base de repetir emociones, afirmaciones o comportamientos. En este sentido, se diferencia de la esperanza, que implica «creer» en el futuro con la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirige hacia un punto ciego o un abismo oscuro. Además, el fundamento de nuestra esperanza «jubilar» no es un sentimiento sino una persona, el Señor Jesús, que reconocemos vivo y presente en nosotros y en nuestros hermanos porque ha resucitado. En consecuencia, será siempre positivo vivir esperanzados a pesar de los retos y las contradicciones, intentando motivar a que otros «vivan» según la lógica y el ejemplo de Jesucristo.